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sábado, 15 de octubre de 2011

“LAS MANDAS PÍCARAS” ARISTIDES UREÑA RAMOS

MI PADRE JESÚS NAZARENO Y LAS MANDAS

“LAS MANDAS PÍCARAS”

de ARISTIDES UREÑA RAMOS -1984


 (foto cortesia de Foto 2mil)

Era muy temprano y los primeros rayos de luz iluminaban la Catedral de Santiago. Arrodillados frente al altar mayor se encontraban Jacinto y Pablo, dos personajes bien conocidos dentro de la comunidad santiagueña, que gozaban de la fama de haraganes y flojos.
Ellos cada año, para el periodo de las MANDAS a nuestro señor Padre Jesús Nazareno de Atalaya, se ingeniaban para encontrar soluciones que le facilitaran el cumplimiento de tales empeños.

. Fueron tan bochornosas sus empresas que sus hazañas eran conocidas como LAS MANDAS PÍCARAS, como también era fuerte la reprobación por parte de la Curia y de la gente de buena Fè, debido a que criticaban la facilidad, con la cuales estos dos sujetos agradecían los milagros recibidos.

Lo excepcional de todas estas historias, era que estos dos haraganes, recibían cada años, las ayudas pedidas a nuestro señor Padre Jesús Nazareno de Atalaya, como si ellos dos tuvieran una línea directa con el Santo, que no dejaba de concederles siempre el milagro pedido a cambio de promesas de penosas y dolorosas mandas, nunca cumplidas a deber adquirido, irritando a todo el pueblo santiagueño.

Y cada vez que llegaba, el periodo de restitución del milagro recibido- através de las MANDAS- en el pueblo se comenzaban a narrar los cuentos de estos dos haraganes, que con mucha rabia aquí les voy a contar:





“LA MANDA DE LOS POROTOS CHIRICANOS”



Cuentan que Jacinto y Pablo pidieron a nuestro señor Padre Jesús Nazareno de Atalaya que le diera una ayuda para conseguir un trabajo que fuera SEGURO, FIJO Y BIEN RETRIBUIDO, pero que no fuera de mucha fatiga, que se trabajara poco y sin tanto empeño, ni dolor de cabeza.

Y por tres domingos consecutivos Jacinto y Pablo asistieron a las misas de 6:00 y de 9: 00 de la mañana, como también a la de las 7:00 de la noche, en la Iglesia de Atalaya, rezando con mucha devoción y gran concentración mental.

Y como agradecimiento al Divino y por intercepción, supuesta, de nuestro señor Padre Jesús Nazareno de Atalaya, el milagro se cumplió.

Dicen, que los dos haraganes fueron llamados por el Presidente de uno de los partidos políticos que había ganado las elecciones presidenciales, para nombrarlos inmediatamente con los cargos de TÉCNICO AMBIENTAL PARA EL ASEO DE LAS PLAYAS DE SANTIAGO, y el otro como: FUNCIONARIO ENCARGADO DEL CENSO PATRONAL DE LOS CANGUROS VERAGUENSES, con un sueldo de B/ 3.500 balboas y 500 balboas de viáticos cada uno.


Milagro este que puso muy contentos y felices a los dos haraganes, ya que en Santiago no existen playas, ni muchos menos Canguros veragüenses.


Pero si como en las cosas Divinas no hay que poner boca, ya que “leche es leche” y los demás, cuando nacemos “si naciste para martillo, del cielo te caen los clavos” si culpa del Señor, y el poder tener todavía aliento para seguir echando este cuento, es por gracia divina, continuamos bravo en la narración de los acontecimientos.

Los dos flojos -en cambio- como agradecimiento al milagro, habían prometido una DURA MANDA, que consistía, en que irían caminando desde la Catedral de Santiago hasta la Iglesia de Atalaya, colocando dentro de los zapatos, una libra de porotos chiricanos, como sacrificio de agradecimiento por el milagro recibido.

Y fue así que llegó la semana de las celebraciones de las Mandas al Cristo Milagroso de Atalaya.

Los dos flojos se presentaron de mañanita temprana con una libra de porotos chiricanos cada uno y las acomodaron poco a poco dentro de los zapatos, calzándolos con gran dificultad, salieron de la Catedral de Santiago camino a la Florecita.

Habían llegado- con mucha dificultad- a la placita San Juan de Dios, que los haraganes se tiraron por el suelo, llorando y berreando del dolor, desamarrándose los zapatos y deshaciéndose de la tortura que le procuraban los porotos chiricanos.

Y así por cincos días, se repitió la misma escena, con llantos de dolor y gritos de compasión que los dos haraganes, como comedia del Purgatorio, recitaban todas las mañanas en la placita del pueblo.

Y para sorpresa de toda la comunidad, el sexto día -JACINTO Y PABLO- caminaron toda la manda, desde la Catedral de Santiago, hasta la Iglesia de Atalaya, cumpliendo con su misión.


El Obispo, que se encontraba, asistiendo a los peregrinos fuera de la Iglesia de Atalaya, al ver la hazaña cumplida por los dos haraganes, se acerca a ellos, para felicitarles y tratar de comprender como habían hecho para soportar tanto dolor, preguntándoles con mucha curiosidad, insiste afectuosamente en que le contaran, el grande sacrificio sostenido de la férrea Fe en cumplir la Manda…espera respuesta de los dos alegres y sonrientes buenos cristianos.
Respondió Jacinto, que era el más elocuente, diciéndole con una grande sonrisa al Obispo:
--“ Mire Eminencia, en nuestra promesa, nosotros prometimos caminar con una libra de porotos chiricanos dentro de los zapatos. Y, nunca dijimos como iban a estar los porotos, pues los hemos hervido hasta que quedaran bien blanditos y los pusimos dentro de los zapatos y así cumplimos con la manda a nuestro señor Padre Jesús Nazareno de Atalaya”--.
Dicen que el Obispo se desmayo de un sólo golpe y se fue recuperado en el hospital por tres meses y que para que se recuperara emotivamente, lo tuvieron que mandar dos meses a Roma para que regresara otra vez, a seguir con mucha amor a sus queridos parroquianos santiagueños.

ARISTIDES UREÑA RAMOS - Florencia/ Santiago 1984.



LA SERIE  de "LAS MANDAS PICARAS" cuenta con 6 CUENTOS..este es el Primero. 

martes, 23 de febrero de 2010

El cuento del pacto con el Diablo y los pajaritos manzanillos

De: ARISTIDES UREÑA RAMOS
Florencia, 1983
A mi Madre, quien me enseñó a rezar...

El Jobo, árbol con forma de barril.

La Cruz de los Reyes era un encruce con pocas casas, que quedaba a mitad de camino rumbo a La Colorada, siendo este el cruce que llevaba al caserío de La Valdez. La historia que les contaré tuvo como escenario este lugar, como también los personajes habitantes de esa pequeña localidad.

Como bien recordarán los viajeros andantes por esos lares, en tal encruce se encontraba una casa de madera con zócalo de ladrillo y bien entejada; el color de la casa celeste añil y su propietario, don Pino Cornejo Reyes, era hombre taciturno, tan esquivo que parecía escorbútico, vestido siempre en caqui y en su cabeza un sombrero bien apretado. Se cuenta que don Pino nunca tuvo esposa, pero las malas lenguas de los moradores santiagueños decían que algo de extraño escondía dentro de su vida, un supuesto PACTO CON EL DIABLO hecho por su padre, muchos años atrás.

La verdad era que don Pino asistía a su pobre padre que, inválido, incapaz de entender y querer, continuaba su vida en espera de la llamada final. Aunque sí la demencia del pobre hombre, en vez de acabarlo, parecía que lo fortalecía cada día más y más.

Me encontré por una extraña casualidad con don Pino, pues acompañaba a mi abuelo Samuel en ocasión de una compra de propiedad, porque al parecer don Pino dejaba la casa para irse a vivir por los lados muy adentro de un caserío del distrito de Río de Jesús... y siendo don Pino muy amigo de mis abuelos, por haber servido para dar fe de las escrituras y demás actos oficiales necesarios a la familia, siendo que ejerció como escribano personal en el pasado. Ese fuerte lazo de alegamen entre las dos familia, me brindó la oportunidad de entrar en intimidad con las cosas de la familia Cornejo Reyes.

Al llegar a la gran casa de madera de don Pino, no pasaba desapercibida la gran cantidad de jaulas de birulí (carrizo de caña) colgadas en una parte del costado del portal y el gran gorgorear de los pájaros que en ellas se encontraban. Un fuerte aroma a guineo manzano inundaba el aire y en la gran hamaca que atravesaba el portal, se iluminaba la cara pálida de un anciano, con los ojos penetrantes, que interrogaban el vacío con severa mirada, de quien nunca ha recibido órdenes y al comando ha sido predestinado... era Jacinto Cornejo, padre de don Pino.

La estatura de don Jacinto, en su gran hamaca, no deja de impresionarme, su silueta de hombre salido de un armario antiguo, era como un retrato de algún terrateniente de los departamentos colombianos del siglo pasado.

Noto que los pájaros comienzan a cantar a la orden impartida por él, y el viejo anciano silva más fuerte que los mismos pájaros, que, imitando las variantes canoras del silbido producido, parecieran enloquecer dentro de sus jaulas, es aquí donde talvez debido a mi imprudente intromisión don Pino para sacarme del embarazo me dice:

---“Mi papá hace así desde hace muchos años. Todas las noches se la pasa silbando, él ha intercambiado la noche por el día”---.

Con estas palabras se acerca a su padre, creando una barrera de protección entre su padre y mi persona, aunque sí alejado de la hamaca.
Yo no pierdo la ocasión y, para salir del asombro, me dirijo al pobre anciano, don Jacinto, diciéndole:

---“Sí, pero sus melodías cuando silba son muy bonitas. ¿Qué tipo de pájaros son?”---.

Don Jacinto no me mira, ignorándome completamente y continua silbando aún con más fuerza... y es su hijo, don Pino, manteniéndome alejado, haciendo muro protectivo con su cuerpo, quien me responde:

---“Mi padre no habla desde hace muchísimos años, solo silba, duerme pocas horas en el día y la noche se la pasa silbando, junto a sus pájaros manzanillos”---.

Bueno, comprendí que el anciano padre tenía problemas de demencia y que la forma de llamar a los pájaros: MANZANILLOS, talvez era porque comían guineos manzanos y que por eso se sentía ese profundo olor de guineo por toda la casa... Me llené de valor y me lancé con otras pregunta:

---“¡Ah!, qué bien... ¿Son pájaros manzanillos, porque ellos comen guineos manzanos?---.

Y don Pino, con la cara seria, me dijo:

---“No, ellos sí comen guineos manzanos, pero no se llaman manzanillos por este motivo. Estos pájaros pertenecen a una especie muy rara, domesticados por esclavos africanos llegados a Panamá, difíciles de cazar y cuentan con la particularidad de defendernos y espantar las cosas malas”---.

Con esta respuesta, don Pino no deja otra oportunidad que el quedarme callado, porque la atmósfera que se había creado no permitía imprudencia alguna... Además, mi abuelo Samuel, que hasta ese momento, aparte de los iniciales saludos de rutina, no decía palabra alguna, me da una señal de retirada, y nos dirigimos al interior de la casa donde una rústica sala, al centro una mesa llena de papeles, esperaban nuestra llegada.

No sé cuánto tiempo pasó. Don Pino y mi abuelo Samuel hablaban y hablaban a voz baja y escribían algunas cosas a mano libre sobre los papeles y después los leían en voz alta... yo no lograba comprender nada de lo que decían, porque desde mi silla solo lograba ver el viejo Jacinto acostado en su hamaca, que silbaba delirantemente y los pájaros manzanillos que lo seguían enloquecidos de furor. Fue allí sumergido en mis pensamientos que me pude percatar de que debajo de la hamaca del anciano Jacinto había un perro echado sobre su costado, pero no se movía, parecía estar muerto, inmóvil en el piso.

En honor a la verdad, la única razón por la cual me encontraba allí era porque mi abuelo Samuel me había llevado con él, porque quería que yo viera al hombre más berraco del mundo, que quiso hacer UN PACTO con el Diablo y que fuese don Pino quien narrara en propia voz toda esa historia que él vivió, por eso mi abuelo solo me pidió a cambio de esta visita que yo guardara prudencia absoluta de estos hechos.

Pasa mucho tiempo y yo sentado en la silla, absorto en mis pensamientos, soy llamado en causa por don Pino, que me pregunta con voz autoritaria:

---“Tú, mijito..., ¿quieres saber el cuento del PACTO CON EL DIABLO?”---.

Me tomó de sorpresa y, con mucho temor, le respondí que sí, que quería saber de esa historia, si él me lo permitía.

Don Pino se acercó a mí y me abrazó por el cuello, con gesto paternal, me indujo a levantarme y acompañarlo al portal…, fue allí donde me vino el coraje y le pregunté:

---"Ese perro, ¿está muerto o está vivo?”---.

Y mi abuelo Samuel, con gran carcajada, me responde:

---¿Quién, Judas?---.

Y don Pino rápidamente, casi cubriendo la voz de mi abuelo, dice:

---"Judas es igual a mi padre, duerme de día y de noche está en guardia. No ladra desde hace muchos años y seguramente morirá solo el día que acompañará a mi papá”---.

Ya lejos de la casa, en el patio, don Pino nos invita a sentarnos en los taburetes colocados bajo un gran árbol de agualpan, mi abuelo Samuel puso dos vasos y sirvió el aguardiente fuerte, como el tizón de carbón ardiente. En menos de lo que uno piense, tiempo de tres escupidas en el suelo, la botella estaba a mitad. Mi abuelo Samuel celebraba siempre la entrada de la Semana Santa con algunos tragos y estábamos por entrar en estas festividades.

Don Pino comienza a narrar el cuento, con gran reserva, y lo que me dijo fue lo siguiente:

"El cuento del pacto con el Diablo y los pajaritos manzanillos".

Dicen que por los lados del caserío Los Valdez, y por todo el monte adentro, para Semana Santa bajaba un señor, muy guapo, hombre cabal y viril... de gran estatura, señoril, que sabía usar el machete muy bien... para tumbar monte y aplanar pleitos.

De él se decía que venía a cobrar deuda, porque era poseedor de mucho terreno valioso por los ríos que habían dentro del mismo, y de una gran cantidad de ganado de ceba... y que era inmensamente rico, muchos lo creyeron millonario.

A esta buena fama, se unían algunos bochinches sobre que toda esta fortuna venía de un “Pacto hecho con el Diablo” y que bajaba por estos lares para el periodo de Semana Santa a buscar discípulos para Lucifer. Y lo raro de todo esto es que ninguno osaba pronunciar su nombre, pues, lo llamaban por su sobrenombre: “EL CACHIMBÓN”.

Jacinto Cornejo (Mi padre), para ese entonces era un jovencito y trabajaba desde niño con la familia Reyes, que vivía en LA CRUZ DE LOS REYES.

Se decía de la familia Reyes que era de procedencia española, llegada en antaño a esta región. De hecho fueron tres los ibéricos llegados, provenientes de la misma región, PAMPLONA; uno se quedó en los caseríos de La Valdéz; otro, en el encruce; y el otro, a mitad de camino del cementerio al cruce. Pero no fue sino PLINIO REYES (mi abuelo) quien hizo mucha fortuna y construyó casa en el encruce, cuando llegó desde España ya contaba con cierta edad y se casó con una ñopa santiagueña, con quien solo tuvo dos hijos, un varón, Ignacio, y Amalia. El varón murió de fiebre a los 10 años, y AMALIA, la única hija, fue dada en matrimonio a Jacinto Cornejo, de la cual nací yo, que llevo el mismo nombre de mi abuelo.

Mi abuelo murió y dejó a su hija -mi madre- y toda su modesta fortuna a Jacinto Cornejo, mi padre, que condujo, pese a su joven edad, muy bien la herencia de la familia.

Pero, talvez por el carácter atravesado, autoritario, y el vicio de la chinguiadera, muy radicalizado en mi padre, fue que se topó con EL CACHIMBÓN... y quién sabe por cuál encanto del maligno desafió al malvado hombre. Y según cuenta la gente, fue mi padre a pedirle a este malvado hombre organizar el encuentro con el Diablo, de prodigarse lo más rápido posible para que Lucifer lo recibiera, porque tenía que proponerle un pacto muy berraco, entre hombres que no andaban con pendejadas... lo que se cuenta de este honorable encuentro es lo siguiente.

Se presentó muy de mañanita EL CACHIMBÓN a La Cruz de los Reyes para hablar con mi padre... y le preguntó si verdaderamente quería hacer este encuentro con LUCIFER, y que solo los hombres con los “cojones bien puestos” se atrevían a tal encuentro... y que si él, Jacinto Cornejo, tenía LOS COJONES BIEN AMARRADOS, COMO SOLO LOS VERDADEROS HOMBRES LOS TIENEN... a esa pregunta, mi padre, hombre arrecho y autoritario, no se echó para atrás, con voz firme al desafío respondió:

---“Mis cojones están en el sitio que solo pocos hombres poseen. Duros como corozos rayados y bien amarrados en el lugar que le merecen a un verdadero hombre veragüense”---.

A lo que EL CACHIMBÓN rápidamente le pregunta:

---“¿Y quieres encontrar al DEMONIO para hacer el Pacto con él?”---.

Y Jacinto responde:

---“Déjese de pendejada y de tantas preguntas… lléveme ya, ahora mismo, para firmar esa vaina con el Demonio en persona”---.

Jacinto estaba convencido de su imprudente decisión, fue así que El CHACHIMBÓN, visto el resultado con la fácil presa caída en su red, con mucha serenidad, comienza a explicarle los pasos que había que seguir, porque en juego estaban el alma de Jacinto y todas sus riquezas. Y fue así que comienza a explicarle a mi padre lo que tenía que hacer, porque las cosas que tendría que hacer tenían que ser llevadas al pie de la letra, sin ningún equívoco... es así que le da las siguientes instrucciones:

---“Tú tendrás que pasar cuatros noches durmiendo solito, sin ninguna compañía, encaramado en un árbol de JOBO, te treparás a él apenas comience la oscuridad y bajarás al primer canto de gallo. No podrás bajar por nada del mundo, pase lo que pase y lo más importante es que iniciarás el Martes Santo, porque el Viernes Santo en la noche te encontrarás con el Diablo, que se presentará para firmar el PACTO contigo... ¿Entendiste todo?"---.

Jacinto responde:

---“Sí, entendí..., pero ¿el palo de Jobo, lo escojo yo... O Ud. me indica cuál?”---.

A lo que EL CACHIMBÓN le respondió:

---“El palo de JOBO lo escoges tú, pero tiene que estar dentro de un potrero que sea de propiedad tuya”---.

Fue por eso que mi padre escogió el palo de JOBO secular, que se encuentra aquí, en el cruce de La Cruz de los Reyes, en el barranco que hace de cerro después de la quebrada camino a La Valdez. Y que muchos llaman el BARRIGÓN por su forma de barril, típico del palo de jobo.

Dicho y hecho.

Primera noche...

Martes Santo.

Y así fue que llegó el Martes Santo... mi padre estaba listo para la prueba... y, llegando la oscuridad, se subió al palo de JOBO, buscó la rama más fuerte y allí se acomodó a esperar pasar la primera noche... No sabía cuánto tiempo había pasado, cuando a golpe de tres de la mañana comienza a sentir que el palo temblaba y fuertes rumores de hojas que se mecían al viento, como si alguien saltara de rama en rama... él, con los ojos cerrados, se abrazaba a la rama, para encontrar coraje, pero del fuerte rumor se pasó a una bulla de voces, como si alguien se estuviera peleando... y abrió los ojos y se puso a observar de dónde venía toda esa confusión... y lo que vio fue una especie de niños cabezones, de piel verde, de orejas largas y cola de ratón, que se guindaban de rama en rama y trataban de hacerlo caer al suelo… Eran LOS DUENDES, que trataban de morderle las piernas y los brazos, desgarrar la camisa y lo mecían violentamente, para que se cayera de la rama... Mi padre, asustado, no sabía qué hacer y se abrazaba lo más fuerte posible a la rama, porque no quería caer. Fue así que, ya al extremo de sus fuerzas, se puso a tirarles patadas y puñetes, con todas las fuerzas que tenía dentro... no se sabe cuánto tiempo había pasado, cuando, desde las entrañas de la madrugada, se oyó desde lejos un CANTO DE GALLO, el primero, y como por encanto, los DUENDES comienzan a retirarse, moviendo violentamente las hojas del árbol.

Y la mañana se despertó con el canto de los demás gallos... fue así que mi padre Jacinto bajó del palo, agotado, bañado en sudor, y su cuerpo estaba todo arañado. Como si se hubiera caído en un matorral de espinas... se acomodó el cuerpo, con los pocos trapos que lo cubrían y se encaminó hacia su casa, donde lo esperaba mi santa madre, que se la había pasado rezando toda la noche por él, porque ella, siendo muy religiosa, no compartía las decisiones porfiadas de mi padre.

Mi padre trató de reposar para enfrentar la segunda noche del Miércoles Santo… se pasó todo el día tratando de dormir, con espasmos incontrolados del cuerpo que lo despertaban constantemente. Hasta que la oscuridad llegó.

Segunda noche...

Miércoles Santo.

Se subió al palo de JOBO rápidamente, pero esta vez se había llevado una soga para amarrarse a la rama, porque tenía miedo, visto el poco reposo, de que le faltaran las fuerzas para enfrentar la violencia de los Duendes… y, entre despertar y dormir, llegaron las tres de la madrugada... y, como si tuviera pegado un oído a la rama, siente que desde el interior del palo de jobo algo se movía, produciendo rápidas sacudidas al árbol, los violentos espasmos producían un gran trajín entre las hojas y las ramas... él cerró los ojos y se abrazó lo más fuerte posible al árbol, y sintió que algo lo tocaba, como si fueran hilos para amarrar raspadura, eran como hilos deshilados, que le producían al contacto con su piel una especie de escalofrío ---se atrevió a abrir los ojos--- y vio que lo que estaba tocándolo eran pelos blancos y largos que venían de una cara de mujer anciana, con nariz en forma de pico de perico, con orejas de chivo y un par de ojos blancos que parecían de vidrio, en la boca tenía dientes de jabalí... había varias, y estas mujeres saltaban como pájaros nocturno de rama en rama. Eran las Tuliviejas que comenzaron a chillar y berrear como animales, y que pasaron de tocarlo a tratar de hacerlo caer con violentos movimientos, y a arañarlo con sus largas uñas y picos en forma de perico... además, ellas no estaban solas, las acompañaban algunas lechuzas de pico azul fosforescente, que también ayudaban a las Tuliviejas golpeando y picando a mi pobre padre. El árbol se estremecía de lado a lado y la lucha se ponía cada vez más feroz y violenta.

Mi padre no se había caído gracias a que estaba amarrado, pero ya casi listo para rendirse, le vino una fuerza desde las entrañas y se puso a gritar grosería:

---“Viejas hijas de puta, mariconas, pendejas al servicio del Diablo, conchudas, malditas putas, cabronas de mierda”---.

Siguió gritando obscenidades, eso le daba alivio a las heridas que las Tuliviejas y las Lechuzas le procuraban... no se sabe cuánto tiempo pasó, hasta que un gallo cantó en el medio de la pelea, avisando el final de la madrugada y poco a poco las Tuliviejas se retiraron a la llegada de la luz de la mañana... Mi padre, herido y con las pocas fuerzas que le quedaban, se desamarró y bajó del palo de Jobo y se encaminó con mucha fatiga hasta la casa... Mi madre le curó las profundas heridas y, sin tocar comida alguna, Jacinto se durmió del agotamiento que tenía. Y mi madre rezó todo el día.

Tercera noche...

Jueves Santo.

Y llega el Jueves, el penúltimo día... Mi padre se presentó y se encaramó al palo, pero parecía que ya las dudas sobre si continuar la pelea o no lo importunaban..., pero subió y se amarró lo más fuerte posible a la rama y esperó que los aconteceres llegaran. Y así fue... Mi padre se había dormido, porque estaba muy cansado, pero lo despertó una violenta tormenta de lluvia y viento... de improviso la noche se puso más oscura de lo usual, no se lograba ver nada, la oscuridad era horrenda... y la lluvia venía disparada del violento vendaval con una energía inusual, era tal la fuerza del viento, que parecía que las raíces de árbol estaban por arrancarse de la tierra y la inclemente tempestad aumentaba cada vez más y más, siempre más fuerte... no se sabe cuánto tiempo pasó, cuando de repente el ventarrón y la lluvia cesaron de caer, un misterioso silencio invadió la noche.

Mi padre, desconfiando de este silencio, se abrazó fuertemente a la rama, esperando un cambio imprevisto... y comenzó a oír, a través del oído que estaba pegado a la rama, que algo se movía desde el buche del Jobo y que venía subiendo desde la parte inferior, este sonido venía acompañado de un fuerte hedor a agrio, como quien ha quemado azufre... el olor era tan intenso que quemaba los ojos, y no dejaba respirar. Y fue allí, en la quietud de la oscura noche, que mi padre sintió que delante de él había una extraña presencia, que no lograba ver, pero sentía a través de un zumbi'o de leña ardiendo y olfateaba por la tremenda hediondez que emanaba... de repente... abre los ojos y ve que delante de él está un hombre enorme, muy alto, que estaba en pie y completamente desnudo, era blanco, como larva de gusano, era como si fuera un enorme hombre albino, que se alumbraba con luz propia, como un bombillo... y repentinamente se incendió por los costados como una hoguera, iluminando el ramaje. Sus ojos se trasformaron en dos tizones ardientes y los cabellos, como trapos de guaricha encendidas, le dibujaban una especie de moño en forma de caballera ardiente…

El hombre se acerca a mi padre, que sudaba por todos los poros del cuerpo, y abriendo los brazos, como quien quiere abrazar a una persona, con voz de niño ñañeco y de marica en culecos tableños le pregunta:

---“¿Tú eres el hombre berraco que quiere hacer el Pacto con mi padre LUCIFER?”---.

Era el hijo del mismo Diablo... Mi padre, no se sabe cómo, se desamarró y se tiró al suelo y comenzó a correr con todas las fuerzas del mundo, sin mirar hacia atrás, tanto era el culillo que le había venido que no había matorral ni cerca de púas que lo detuvieran... dicen que nunca han visto correr tanto a un hombre como lo había hecho mi padre y desapareció en las tinieblas de la oscuridad.

Y fue así que, como a golpe de 9 de la mañana, mi madre, preocupada porque no veía regresar a mi padre, se fue a la casa de nuestro tío Pamplona, para que la acompañara a buscarlo... a las 12 del mediodía encontraron a mi padre, a 15 minutos de camino, bajando la quebrada... estaba tirado en la orilla, cubierto por un mantel de mariposas amarillas y anaranjadas, con pájaros que giraban en vuelos concéntricos sobre su cuerpo y que enloquecían al silbido de mi papá, que silbaba y silbaba sin moverse, tirado en el suelo, con una mirada ausente, como la de un demente retardado… de allí lo recogieron y se lo llevaron para la casa acompañados del trinar de los pájaros, del aleteo de las mariposas y de los rezos que mi madre, con lágrimas en silencio, pronunciaba.

Yo para ese entonces estudiaba en la Escuela Normal de Santiago, pero para las fiestas me quedaba en casa de mi tío Pamplona, porque por esos lares vivía una amorosa mía... así que ese día, viernes en la tarde, llegué con la intención de quedarme allí, porque tenía una cita nocturna con esa jovencita... fue allí que mi tío me puso al corriente de todo... Pero yo en aquel entonces no creía en nada de estas cosas de supersticiones y cuentos... así que le dije a mi tío que se dejara de pendejadas, de cuentos de duendes, brujas y diablos, y que yo llegaría a casa el sábado temprano, porque tenía que hacer cosas más importante que atender las locuras de mi padre e invenciones de mi madre... y así fue.

En tanto mi santa madre, preocupada por lo que había sucedido, comenzó a prepararse para esa noche de Viernes Santo y, siendo mujer conocedora de todos los secretos de nuestro pueblo, colocó a mi padre en su lecho y puso debajo de la cama, como a su alrededor, jaulas de birulí con los misteriosos pájaros manzanillos dentro. Y se retiró a rezar, con el escapulario protector del Cristo del Nazareno de Atalaya amarrado al cuello y la estampilla de Nuestra Señora Inmaculada.

Cuarta y última noche...

Viernes Santo...

Nunca se supo lo que pasó esa noche, pero, por lo que le diré ahora, podemos imaginarlo.

Yo llegué a La Cruz de los Reyes el sábado en la mañana, muy temprano y lo que encontré es algo horrible, además de indescriptible.

No existía mi casa, había desaparecido, en el lugar donde supuestamente tenía que estar había solo tierra quemada, como si hubiera pasado por ese lugar un violentísimo huracán tropical. Al centro de este asedio desarraigado se había formado una cuesta de tierra desnuda de lodo y fango, arriba de este cerrito la única señal de vida era el lecho de mi padre, con las jaulas debajo, con el mismo orden en que las había colocado mi madre; y él, mi padre, acostado en su cama, cubierto de mariposas amarillas y anaranjadas, silbaba fuertemente, con las jaulas alrededor que tenían dentro los pájaros manzanillos, que gorgoteaban como poseídos del delirio canoro.

El Diablo había venido el Viernes Santo como habían acordado para cerrar el PACTO de honor con mi padre y se llevó todos los bienes, aquellas riquezas que con duro trabajo y mucho sacrificio había sudado en toda su vida, sin dejarle nada en su poder.

Además, el Diablo incluyó en su botín de saqueo a mi madre, porque desde ese momento nunca logramos encontrarla. Porque cuando se hace un Pacto con LUCIFER no hay forma de deshacerse de la palabra dada.

A los días de esta desgracia, encontramos a nuestro perro, que para ese entonces era un cachorro, como único sobreviviente junto a mi padre Jacinto, el cual viendo la mala parada de la llegada de Lucifer había salido huyendo, poniendo "patitas pa' qué te quiero”, abandonando a mi padre... y por eso le pusimos el nombre de JUDAS. Pues, traicionó a su Señor al momento de la berraquera.

Y así terminó el relato...

Bueno, don Pino me mira y achurra los ojos, me pone su mano izquierda en mi hombro y con voz firme me dice:

---“Oiga mijo... ¿Ud tiene los COJONES bien puesto, como los hombres berracos?”---.

Un temblor me sacudió todo el cuerpo y rápidamente le contesté:

---“Déjese de vainas... ¿Cuáles cojones?.. ciruelas micoyas y sin rayas, solo traqueadoras, eso es lo que tengo”---.

Don Pino se levanta de su taburete y se encamina a la cerca que da a las afueras de su casa, siendo este la invitación a irnos, pero me espera... y, caminando lentamente junto a mí, me dice:

---“Si tú tienes necesidad de dinero o cualquier cosa, vente para acá, que la solución la encontramos”---.

Frente a las gentiles palabras de don Pino, pensé que estaba ante una persona verdaderamene amable y con la que se puede contar al momento de necesidades, pese a todas las cosas feas que en su vida ha pasado... pero le respondo:

---“Gracias don Pino, Ud. es muy amable, pero no necesito nada, además, le agradezco por haberme contado este cuento de Semana Santa”---.

Fue con las carcajadas de mi abuelo Samuel y de don Pino que terminamos la conversación y nos dirigimos a la carretera del Cruce para regresar a Santiago. Despidiéndome de don Pino, que me invitaba a que regresara cuando quisiera.

Ya lejos de La Cruz de Los Reyes, mi abuelo Samuel, que había mantenido un silencio meditativo, debido a los traguitos, me dice lo siguiente:

---“Hiciste bien en responderle que no necesitabas nada, porque muchas cosas que don Pino te ha dicho no son verdad”---.

Mi sorpresa fue enorme, no sabía a qué parte del cuento se refería, porque fue por voluntad de él mismo que fui a escuchar a don Pino, pero mi abuelo Samuel continúa:

---“Doña Amalia era una santa mujer, muy religiosa y nunca estuvo de acuerdo con las locuras del marido, por eso rezaba mucho y lo sigue defendiendo... y gracias a ella es que don Jacinto está vivo y sigue combatiendo contra el Demonio”---.

No comprendía lo que me decía mi abuelo Samuel, es así que le pregunto:

---“¿Entonces, a doña Amalia no se la llevó el Diablo, porque, siendo religiosa, la salvaron sus rezos?”---.

Y mi abuelo seriamente respondió:

---“Cuando se hace un pacto voluntario con el DIABLO no hay rezos que valgan... a ella se la llevó el Demonio, pero si observas bien, los fuertes vientos que se trasforman en remolinos en estos días de Semana Santa, es Amalia que regresa desde el Purgatorio a seguir la lucha contra el maligno y la fuerza de la pelea entre ellos es así tan dura que los remolinos destruyen todo lo que encuentran por delante, porque esta batalla todavía no ha terminado, gracias a esa santa señora, que, como gran madre, defendió su familia y no se dejó convencer de las fáciles palabras malditas de Lucifer”---.

Las palabras de mi abuelo me hacían estremecer desde dentro y no sabía si temer o continuar con la conversación o terminar todo aquí..., pero tratando de buscar una lógica a todo este cuento y no hacerme llevar por las supersticiones y poner orden cierto a mis pensamientos le pregunto:

---“¿Pero, abuelo, don Pino, el hijo, no ha hecho nada para resolver esta situación?”---

La respuesta fue inmediata:

---“Cállate, cállate y escucha lo que te diré... ¿te diste cuenta que don Pino no se acercaba a su padre, se mantenía a distancia? En mis tantas visitas que he hecho a su casa nunca ha tocado a su padre, como si los pájaros y las mariposas le hicieran una campana invisible y protectora, y que ninguno puede traspasar. El pobre Jacinto Cornejo continua su batalla contra la presencia del Demonio y sus aliados..., porque para mí el supuesto don Pino está poseído en cuerpo y alma por el mismo CACHIMBÓN en persona, que sigue buscando discípulos para Lucifer”---.

ARISTIDES UREÑA RAMOS

Florencia, 1977 / Publicado en 1983

- “Cuentos para niños grandes”.

miércoles, 10 de junio de 2009

Las educadoras de Veraguas

Abusión en la canchita de la Central de Santiago.
Le voy a contar un cuento a mi hermanita menor, Onanchy...

Hace muchos años, cuando de pequeño mis padres repentinamente comenzaron a prohibirnos ir a jugar al parque que se encontraba a lado de la canchita de la Central. Fue porque comenzaron a circular ciertos rumores extraños, que hablaban de apariciones de noche y de día... eran sobre una niña que, confundiéndose entre los demás, jugaba meciéndose en el trapecio del parque.
Algunos juraban haberla visto de madrugada, otros decían haberla visto de tardecita, entre los niños, en el parque y en los patios del vecindario, siempre solitaria y con una embrujadora sonrisa en su carita.

Las cosas comenzaron a preocupar a los santiagueños y entre las “vainas locas” que se decían para dar respuesta a las apariciones, escuché esta curiosa versión... Mi abuela -que de “cosas raras” entendía todo- nos relató lo acontecido, explicándonos que no debíamos tener miedo ni preocuparnos de las abusiones, sobre todo de la abusión de la niña que aparecía en la canchita de la Central del pueblo...

Corrían los inicios de los años 60 y a la ciudad de Santiago llegó un circo procedente de Europa. Los componentes del grupo, en su mayoría, eran gitanos. Acamparon con sus variopintas carretas en un escampado, frente al matadero, entre la Canchita y avenida Sur, donde actualmente están la Piscina y el Gimnasio Municipal. El evento fue todo un acontecimiento, pues, en la ciudad de Santiago no pasaba nada, aparte de los chaparrones nocturnos de octubre. La rutina de tardecita en el pueblo era siempre la misma, con sus filas de estudiantes que iban y venían de la Escuela Normal… así que la llegada del circo era un gran suceso para los aburridos moradores de esta ciudad.

Los cartelones publicitarios, traídos por los gitanos, llamaban la atención sobre las magníficas fieras: tigres de bengala, elefantes africanos… también malabaristas, trapecistas y payasos eternamente sonrientes. Entre estos cartelones había uno con una gran fotografía que reproducía a una bellísima mujer con un espectacular cuerpo, que, suspendida en el aire, volaba disparada por un cañón y se anunciaba con grandes letras: LA MUJER CAÑÓN.

Sí, fue esta última de las atracciones la que hipnotizó extraordinariamente a los santiagueños: LA MUJER CAÑÓN. Sin embargo, contrariamente a lo que todo el mundo esperaba ver, la espectacular figura presentada en los cartelones publicitarios no correspondía, en lo absoluto, con la verdad… Se corrió la voz, por todo el pueblo, de que dicho personaje era una mujercita gorda y enana… una pequeña criatura, que por su apariencia gastada, podía verse que contaba con cierta edad. Todo el mundo corría a ver si lograba observar a la desventurada criatura, y los comentarios que se escuchaban por todos los rincones del pueblo eran que además de ser gordita, fea y enana, tenía bozo y patillas como los hombres. Estos rumores provocaron que todos los vecinos se acercaran, en procesión, a mirar, aunque fuese de lejos, al tremendo fenómeno traído por el circo: aquella mujercita que todos llamaban la Mujer Cañón, a pesar de que nadie conocía el porqué de aquel misterioso nombre.

No sabría decirles dónde mi abuela escuchó, por primera vez, la historia, pero con una seriedad única y severa nos afirmó que esta pobre criatura, cuando todavía era muy niña, incapaz de comprender su fatal destino, fue comprada por el propietario del circo, un hombre huraño y amargado, que se divertía maltratando y castigando constantemente a la pequeña mujercita.

Al segundo día de encontrarse el circo en Santiago, después de una dura jornada de trabajo, la diminuta criatura se vio sometida a la furiosa violencia de su patrón, a altas horas de la noche, sin que ninguno interviniera en su ayuda. Tal fue la paliza que recibió la pobre mujercita, que no lograba subir a su cama, la mal oliente carreta donde vivía encerrada, sin ventanas ni luz alguna… y esa noche la oscuridad era horrenda. Desconsolada y en su triste soledad, trató de arrastrarse para alcanzar su lecho, cuando de repente comenzó a sentir un sutil rumor, era como si estuvieran silbando suavemente, se podía adivinar, por el zumbido, que eran más de dos personas silbando. El efecto de los silbidos era tan dulce que aliviaba el dolor. Entonces giró la cabeza, intentando comprender de donde venían esos silbidos. Buscando y buscando, miró sobre el techo de su carreta y vio un minúsculo foco de luz que poco a poco aumentaba de intensidad; en el interior del foco, observó un remolino y dentro de éste a cuatro mujeres sonrientes, de cabellos largos que, como serenas madres, silbaban una dulce canción. De allí salió, de improviso, un torbellino de vientito fresco que lentamente cubrió su lastimado cuerpecito con un caluroso abrazo restaurador... a medida que el silbido aumentaba dulcemente, sentía como, despacio, se levantaba del suelo, y pudo colocarse en su cama; al momento, pudo darse cuenta de que estaba rodeada de las señoras silbadoras del centro del foco de luz.

Fue así que, en tierras veragüenses, la desdichada “Estrella del Circo” pudo confesar sus penas a las Serenas Madres y a los vientitos frescos que bajan en las madrugadas desde las montañas de Santa Fe... Llegó un momento en que la cantidad de luz era tal, que las siluetas de los cuerpos se derretían en sus mismos contornos, las Serenas Madres, en voz baja, prodigándole tiernas caricias, le dijeron lo siguiente:

---“Hemos guiado a nuestros hijos y a nuestros nietos por el camino recto, hemos criado a los hombres de ayer, los de hoy y los de mañana. Hemos sido hijas, novias, esposas, sin descansar de nuestro papel de EDUCADORAS. Nada hemos pedido a cambio; los hombres nacen de las mujeres, pero son distintos a las mujeres, porque la fuerza de nuestra tierra se basa en nuestro sacrificio y, por eso, somos la riqueza de la región. Somos MAESTRAS en dar luz allá donde hay oscuridad”.---

La mujercita, con su triste rostro, marcado por secas lágrimas, seguía con mucha atención las dulces voces, y con un tímido hilo de voz, respondió:

---"Madre Maestra... llévame contigo".---

La luz aumentó su brillo y continuó aumentando hasta desmayar a la noche ante el día y el amanecer se comió a la oscuridad.

El día de la presentación del gran espectáculo circense la enana fea y gorda, que todos llamaban Mujer Cañón, salió ante el público, vestida con el mejor vestido de estrellitas brillantes que tenía y no pasó inadvertida, ante todos, la feliz expresión dibujada en su rostro; en sus pequeñas manos apretaba una cruz… Entró, entonces, en su cañón, y al redoble del tambor fue disparada. En ese momento, todos pudieron ver cómo subía, subía en vuelo… de pronto, se rompió el telón del circo y alguien que pareció bajar del cielo tomó a la Mujer Cañón y se la llevó... desapareció, así de la vista de todos y no regresó nunca más: nadie jamás volvió a ver a la Mujer Cañón.

Mi abuela concluye el relato afirmando:

---"… fueron las Brujas Educadoras del Anón que se la llevaron a las serranías de Santa Fe, para que gozara y viviera su eterna niñez. Y es por este motivo que regresa y continuará regresando, como una feliz ABUSIÓN al lugar donde cumplió su misión. El terreno donde antes estaba la canchita, debe ser centro de Luz de Sabiduría, donde las EDUCADORAS VERAGÜENSES brillarán a través de los siglos...".---

Aristides Ureña Ramos
Florencia, 1983
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Cuento de Tío Tigre y el "Gordito"

(Cuentos para niños adultos)


Estaba Tío Tigre sentado sobre una piedra, mirando los reflejos de luces que en la quebrada San Juan de Dios caprichosamente se dibujaban, era muy de mañanita, es así que se supone que Tío Tigre desde hace mucho tiempo que estaba allí sin moverse para nada.

El lugar donde estaba sentado era el paso de los demás animales que venían al pueblo de Santiago... es así que se aparece el Tío Burro, que iba deprisa, muy apurado, a llevar sus hortalizas frescas para la venta en el mercado... y cuando ve a Tío Tigre, allí, todo silencioso y amorrinado, de una vez se preocupa y despacito, despacito, se acerca a Tío Tigre… Pero, al acercarse nota que el Tío Tigre está masticando algo, pues, tiene los cachetes hinchados, así que seguramente algo le llena la boca, además de oír un sordo gemido, como de caballo masticando maiz... es así que al acercarse le pregunta:

---"Oiga, Tío Tigre, ¿qué le pasa?.. ¿acaso tiene mal de muela?”.---

El Tío Tigre triste, sin quitar la mirada de la quebrada, le responde:

---“No Tío Burro, no tengo nada, is Sñuamm, is Sñuamm, is Sñuamm”.---

Continuando su sordo masticar gimiendo… El Tío Burro, viendo que el pobre Tío Tigre está verdaderamente mal, continua a preguntarle:

---“Entonces, ¿qué cosa así tan grave le ha sucedido, para verlo así solitario, apartado y masticando una cajeta entera de chicles".---

El Tío Tigre le responde:

---“¿De verdad lo quiere saber?”.---

Y el Tío Burro le responde:

---"Pues, sí, a ver, ¿dígame?.. aquí estamos para escucharlo…”.---

Y el Tío Tigre comienza a contarle lo siguiente:

---“Mire que vino Tío Conejo y me dio los números del primer premio del “Gordito” de la Lotería y me dijo que los jugara, que los había soñado y que iban a salir toditos y que pusiera toda la plata que podía en eso… que era SEGURO que esta vez nos ganabamos la Lotería... is Sñuamm, is Sguamm, is Sguamm”.---

Y el Tío Burro le dice:

---“¡Oiga, qué bien!, qué suerte contar con un amigo como Tío Conejo... ¿y Usted qué hizo, siguió su consejo?".---

Y Tío Tigre le responde:
---“NO… ¡qué consejo del diablo!, Si Tío Conejo cada vez que me da un consejo es para engañarme, ese tramposo, ese desgraciado, siempre me ha engañado... is Sñuamm, is Sñuamm, is Sguamm… y para colmo de todo, estos números que me dio salieron toditos, uno detrás del otro, igualitos como él me había dicho, is Sñuamm, is Sñuamm, is Sñuammm…”.---

Tío Burro, sorprendido, pregunto:

---“¿Cómo... salieron los números que le dio Tío Conejo, salieron?".---

Tío Tigre responde.

---"Toditos, uno detrás del otro”.---

El Tío Burro, para consolarlo, le dice:

---“Si una cosa como esta, que le ha sucedido a Usted, me hubiera sucedido a mí… yo, como mínimo, me hubiera comido los cojones”.---

Y el Tío Tigre le responde:

---“¡¿Y Usted qué cree que estoy masticando desde hace tres días?! ¡Is Sñauamm, is Sñaummm, is Sñuammmm, is Sguammmm!".---


Aristides Ureña Ramos - 1992

viernes, 5 de junio de 2009

Tío Chivo, Tío Gato y la lengua de cascabel

(Cuento narrado por mi abuela Teófila...)

Tío CHIVO manejaba una de las más florecientes tiendas de la Central de Santiago, años de sacrificio le había costado levantar esta actividad, pero el pobre Tío Chivo, era conocido por tres defectos, ser Celoso, tener un Violento carácter y porque dedicaba poco tiempo a sus hijos y a su hermosa mujer Tía CABRA, trascurando la doña de muchos años más joven que él.

Un día, por los lares de Veraguas, se apareció una emblemática figura, que todo el mundo conocía como “Jodedor de mujeres” y llamaban “Tío GATO”. Este señor, además de ser mujeriego, tenía todas las dotes requeridas para serlo: Buena labia, buena apariencia, buena educación y, para acabar de joder, hasta bonito era el desgraciado.

No se sabe cómo, pero Tío Gato le “tiro los perros” a todas las hembras de Santiago, el desgraciado no descartó a ninguna... Jovencitas, viudas, casadas, divorciadas, hasta a las viejas puso en calenturas.
El Tío Gato era un gran descarado y en su maldita red, no se sabe cómo fue que sucedió, cayó la hermosa Tía Cabra.

Pasaban los meses y los amorosos encuentros clandestinos entre Tío Gato y Tía Cabra se producían con mucha atención, pues, ambos tenían miedo del celoso y violento carácter de Tío Chivo… fue así que en uno de estos clandestinos encuentros amorosos sucedió el siguiente episodio, que acabó con la fama de Tío Gato.


“La Lengua de Cascabeles”

Dicen que Tío Gato, de la goduría que le entraba cuando veía a una mujer bonita, le venía un extraño tic nervioso, ese tic nervioso consistía en que se le salía la lengua, como niño baboso, esperando de mamar pechito para'o.
.... Jooo!!!.. era tanto el gusto y placer que no llegaba a controlar este maldito vicio.

Una vez se encontraba en una visita amorosa, en la casa de Tía Cabra, cuando se oyó abrir la puerta de la cerca del jardín… Tía Cabra comienza a agitar las patas y a decir:

---“¡Ese es mi marido!… ¡ese es mi marido!.. ¡llegó mi marido!”---.

El Tío Gato, viéndose cogí'o en trampa, comienza a gritar:

---“¡¿Dónde me meto?!, ¡¿Dónde me escondo?!”---.

Y la Tía Cabra no sabía qué cosa hacer ni qué responder, lo único que decía era:

---“¡Nos mata!.. ¡Nos mata!.. ¡Mi marido nos mata!”---.

Y el Tío Gato no ve otra solución que meterse en un cajón de la cómoda, pero..., al entrar y cerrar lo más rápido posible el cajón, se le quedó la lengua afuera, trabada y era demasiaso tarde para abrir de nuevo el cajón, porque Tío Chivo había llegado al cuarto.

Tío Chivo, al ver a Tía Cabra agitada, de una vez le dice:

---“¿Qué haces aquí, medio desnuda, en este desorden, con la cama desordenada?”---.

Y mira la lengua que está afuera del cajón y continua gritando:

---“¿Y este trapo sucio, asqueroso, que está afuera del cajón... qué cosa significa?”---.

Y la Tía Cabra muda, temblando, no sabía qué cosa responder, el Tío Chivo, agarra el garrotillo y amenazando a Tía Cabra, insiste para obtener una explicación y continua diciendo, tocando con el garrotillo la lengua:

---“ ¿Y esta cosa asquerosa, qué cosa es?”---.

Tía Cabra, entre el temblor de su cuerpo y el miedo aterrorizante, le viene una divina iluminación y responde:
---“No, nada mi amor, eso es una lengua cascabel… que acabo de comprar en la Central ”---.

Y el Tío Chivo desubicado por la respuesta, grita diciendo:

---“¿Cascabel?, ¿cascabel?… ¿cuántas veces te he dicho que no compres CHERCHERES donde los chinitos y judíos?... y tú, como siempre, te dejas ENGRAMPAR... no ves que estos cascabeles no suenan”---.

Y... zass, zass, le tira dos garrotillazos a la lengua, la Tía Cabra, sudando, rápidamente responde, en el intento de parar el gesto del marido, y dice:

---“Sí que suenan... cuando me los vendieron sonaban!!!”---.

Y el Tío Chivo coge el garrotillo y... zass, zasss, zasss... garrotillando la lengua grita:

---“Viste que te ENGRAMPARON, cabra pendeja, si fueran Cascabel ya hubieran sonado, solo una pendeja como tú compra estas porquerías”---.

Tía Cabra, temblando, responde:

---“Pero no, mi amorcito, cuando me los vendieron tocaban como campanitas de Navidad”---.

Y Tío Chivo, más bravo que antes, garrotillando repetidamente la lengua, comienza a decir:

---“Campanitas de Navidad, pendeja, qué campanitas de Navidad, te han ENGRAMPADO, no ves que no tocan para nada”---.

Garrotillando, con enérgicos golpes, decía:

--- “No tocan, no tocan, no tocan para nada... reconócelo que te han engrampado”---.

Y la lengua ya había cambiado de color de rojo fuego a morado hincha'o… La Tía Cabra destruida de los nervios, llorando de desesperación, con apenas un hilo de voz, logra decir:

--- “Pero, yo cuando los compré tocaban como campanitas de Navidad”---.

A estas, el Tío Chivo, más bravo que antes... agarra el garrotillo por la parte del palo y comienza a golpear repetidamente la lengua, gritando:

---“No tocan!!, no tocan!!, no tocan!!!, noo tocaaan!!!”---.

Y de repente se abre el cajón y salta afuera Tío Gato berreando:

---“DING, DONG,-- DING, DONG,-- DING, DONG,--- DING, DONG”---.
ARISTIDES UREÑA RAMOS
Florencia, 1985.