miércoles, 10 de junio de 2009

Las educadoras de Veraguas

Abusión en la canchita de la Central de Santiago.
Le voy a contar un cuento a mi hermanita menor, Onanchy...

Hace muchos años, cuando de pequeño mis padres repentinamente comenzaron a prohibirnos ir a jugar al parque que se encontraba a lado de la canchita de la Central. Fue porque comenzaron a circular ciertos rumores extraños, que hablaban de apariciones de noche y de día... eran sobre una niña que, confundiéndose entre los demás, jugaba meciéndose en el trapecio del parque.
Algunos juraban haberla visto de madrugada, otros decían haberla visto de tardecita, entre los niños, en el parque y en los patios del vecindario, siempre solitaria y con una embrujadora sonrisa en su carita.

Las cosas comenzaron a preocupar a los santiagueños y entre las “vainas locas” que se decían para dar respuesta a las apariciones, escuché esta curiosa versión... Mi abuela -que de “cosas raras” entendía todo- nos relató lo acontecido, explicándonos que no debíamos tener miedo ni preocuparnos de las abusiones, sobre todo de la abusión de la niña que aparecía en la canchita de la Central del pueblo...

Corrían los inicios de los años 60 y a la ciudad de Santiago llegó un circo procedente de Europa. Los componentes del grupo, en su mayoría, eran gitanos. Acamparon con sus variopintas carretas en un escampado, frente al matadero, entre la Canchita y avenida Sur, donde actualmente están la Piscina y el Gimnasio Municipal. El evento fue todo un acontecimiento, pues, en la ciudad de Santiago no pasaba nada, aparte de los chaparrones nocturnos de octubre. La rutina de tardecita en el pueblo era siempre la misma, con sus filas de estudiantes que iban y venían de la Escuela Normal… así que la llegada del circo era un gran suceso para los aburridos moradores de esta ciudad.

Los cartelones publicitarios, traídos por los gitanos, llamaban la atención sobre las magníficas fieras: tigres de bengala, elefantes africanos… también malabaristas, trapecistas y payasos eternamente sonrientes. Entre estos cartelones había uno con una gran fotografía que reproducía a una bellísima mujer con un espectacular cuerpo, que, suspendida en el aire, volaba disparada por un cañón y se anunciaba con grandes letras: LA MUJER CAÑÓN.

Sí, fue esta última de las atracciones la que hipnotizó extraordinariamente a los santiagueños: LA MUJER CAÑÓN. Sin embargo, contrariamente a lo que todo el mundo esperaba ver, la espectacular figura presentada en los cartelones publicitarios no correspondía, en lo absoluto, con la verdad… Se corrió la voz, por todo el pueblo, de que dicho personaje era una mujercita gorda y enana… una pequeña criatura, que por su apariencia gastada, podía verse que contaba con cierta edad. Todo el mundo corría a ver si lograba observar a la desventurada criatura, y los comentarios que se escuchaban por todos los rincones del pueblo eran que además de ser gordita, fea y enana, tenía bozo y patillas como los hombres. Estos rumores provocaron que todos los vecinos se acercaran, en procesión, a mirar, aunque fuese de lejos, al tremendo fenómeno traído por el circo: aquella mujercita que todos llamaban la Mujer Cañón, a pesar de que nadie conocía el porqué de aquel misterioso nombre.

No sabría decirles dónde mi abuela escuchó, por primera vez, la historia, pero con una seriedad única y severa nos afirmó que esta pobre criatura, cuando todavía era muy niña, incapaz de comprender su fatal destino, fue comprada por el propietario del circo, un hombre huraño y amargado, que se divertía maltratando y castigando constantemente a la pequeña mujercita.

Al segundo día de encontrarse el circo en Santiago, después de una dura jornada de trabajo, la diminuta criatura se vio sometida a la furiosa violencia de su patrón, a altas horas de la noche, sin que ninguno interviniera en su ayuda. Tal fue la paliza que recibió la pobre mujercita, que no lograba subir a su cama, la mal oliente carreta donde vivía encerrada, sin ventanas ni luz alguna… y esa noche la oscuridad era horrenda. Desconsolada y en su triste soledad, trató de arrastrarse para alcanzar su lecho, cuando de repente comenzó a sentir un sutil rumor, era como si estuvieran silbando suavemente, se podía adivinar, por el zumbido, que eran más de dos personas silbando. El efecto de los silbidos era tan dulce que aliviaba el dolor. Entonces giró la cabeza, intentando comprender de donde venían esos silbidos. Buscando y buscando, miró sobre el techo de su carreta y vio un minúsculo foco de luz que poco a poco aumentaba de intensidad; en el interior del foco, observó un remolino y dentro de éste a cuatro mujeres sonrientes, de cabellos largos que, como serenas madres, silbaban una dulce canción. De allí salió, de improviso, un torbellino de vientito fresco que lentamente cubrió su lastimado cuerpecito con un caluroso abrazo restaurador... a medida que el silbido aumentaba dulcemente, sentía como, despacio, se levantaba del suelo, y pudo colocarse en su cama; al momento, pudo darse cuenta de que estaba rodeada de las señoras silbadoras del centro del foco de luz.

Fue así que, en tierras veragüenses, la desdichada “Estrella del Circo” pudo confesar sus penas a las Serenas Madres y a los vientitos frescos que bajan en las madrugadas desde las montañas de Santa Fe... Llegó un momento en que la cantidad de luz era tal, que las siluetas de los cuerpos se derretían en sus mismos contornos, las Serenas Madres, en voz baja, prodigándole tiernas caricias, le dijeron lo siguiente:

---“Hemos guiado a nuestros hijos y a nuestros nietos por el camino recto, hemos criado a los hombres de ayer, los de hoy y los de mañana. Hemos sido hijas, novias, esposas, sin descansar de nuestro papel de EDUCADORAS. Nada hemos pedido a cambio; los hombres nacen de las mujeres, pero son distintos a las mujeres, porque la fuerza de nuestra tierra se basa en nuestro sacrificio y, por eso, somos la riqueza de la región. Somos MAESTRAS en dar luz allá donde hay oscuridad”.---

La mujercita, con su triste rostro, marcado por secas lágrimas, seguía con mucha atención las dulces voces, y con un tímido hilo de voz, respondió:

---"Madre Maestra... llévame contigo".---

La luz aumentó su brillo y continuó aumentando hasta desmayar a la noche ante el día y el amanecer se comió a la oscuridad.

El día de la presentación del gran espectáculo circense la enana fea y gorda, que todos llamaban Mujer Cañón, salió ante el público, vestida con el mejor vestido de estrellitas brillantes que tenía y no pasó inadvertida, ante todos, la feliz expresión dibujada en su rostro; en sus pequeñas manos apretaba una cruz… Entró, entonces, en su cañón, y al redoble del tambor fue disparada. En ese momento, todos pudieron ver cómo subía, subía en vuelo… de pronto, se rompió el telón del circo y alguien que pareció bajar del cielo tomó a la Mujer Cañón y se la llevó... desapareció, así de la vista de todos y no regresó nunca más: nadie jamás volvió a ver a la Mujer Cañón.

Mi abuela concluye el relato afirmando:

---"… fueron las Brujas Educadoras del Anón que se la llevaron a las serranías de Santa Fe, para que gozara y viviera su eterna niñez. Y es por este motivo que regresa y continuará regresando, como una feliz ABUSIÓN al lugar donde cumplió su misión. El terreno donde antes estaba la canchita, debe ser centro de Luz de Sabiduría, donde las EDUCADORAS VERAGÜENSES brillarán a través de los siglos...".---

Aristides Ureña Ramos
Florencia, 1983
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2 comentarios:

  1. oigame q imaginacion! me hizo transportar a ese momento. Yo habia escuchado algo parecido de la mujer canon en un programa de radio en santiago q se llama trepando joron aveces hablan de cosas , cuentos y dichos de los antepasados. Excelente, disfrute mucho tu cuento, feliciades mi talentoso primo

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